La Batalla de Las Navas de Tolosa

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El lunes 16 de julio de 2012 se cumplieron ochocientos años de la batalla de las Navas de Tolosa. A veces tiramos atrás en el tiempo como el que cuenta con los dedos de una mano pero el mundo hace ocho siglos era tan distinto que hoy ni siquiera lo reconoceríamos.

Si somos como somos en la actualidad, en parte, es por lo que pasó en ese campo a los pies de Despeñaperros donde un ejército cristiano de unos diez  mil hombres se enfrentó al ejército del Califa. Los musulmanes eran más de treinta mil (quizás cincuenta mil quizás quinientos mil, como dicen sus cronistas) estaban descansados, en terreno elevado y con la moral alta por el precedente de la última victória.

Unos años antes en Alarcos los almohades habían destrozado al ejército cristiano, conquistando toda la meseta hasta el Tajo, exponiendo la capital, Toledo, al saqueo. Los nuestros sabían que si fracasaban la reconquista daría un severo paso atrás y podía perderse lo que se había ganado con tanta penúria a lo largo del siglo anterior.

Los cruzados llegaron al campo de batalla cansados del periplo por Sierra Morena, sin víveres ni casi agua, y sabiendo que debían luchar cuesta arriba, subiendo las cuestas de las estribaciones de lo que hoy se conoce como el pueblo de Santa Elena.

Todo apuntaba al desastre. Cuentan los cronistas que el propio general: el rey Alfonso VIII de Castilla se dirigió al prelado del papa exhortándolo a morir todos allí. Pero los castellanos no estaban solos: una coalición hispánica había acudido a socorrerle. El rey Pere de la Corona de Aragón y Cataluña y Sancho VII de Navarra vinieron con sus tropas y la unión de todos los reinos cristianos consiguió lo que parecía imposible: plantar cara al ejército imperial almohade y vencerlos.

Los nuestros emplearon la que entonces era el arma más potente del mundo: la carga de caballería. No había a la sazón nada más aterrador que enfrentarse  a los más de quinientos kilos de jinete y caballo al galope con lanza en ristre, formando un muro que avanzaba a gran velocidad.

Tras todo el día de matanza el Califa Al-nassir huyó dejando atrás a los suyos y la defensa musulmana se derrumbó como un conjunto de bolos, derribándose unos a otros.

Desde ese momento la reconquista avanzó a pasos agigantados: se conquistaron las Baleares, Valencia, Murcia y las taifas de Sevilla, Córdoba y Cádiz. Sólo Granada resistiría ya a un ejército que tardaría siglos en volver a caer derrotado.

Sobre el autor
Albert Calduch Estrem (Reus, 1973) es licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Barcelona y abogado en activo desde 1998. Empezó a escribir a los trece años, edad desde la que ha escrito seis novelas de género fantástico y ciencia ficción. Perfil en LDC

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